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Juan Suárez Proaño (Quito, 1993).

Poeta y editor. Licenciado en Comunicación y Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador con un estudio sobre la poética de la enfermedad en la obra de Ileana Espinel. Ha publicado los poemarios Lluvia sobre los columpios (2014), Hacen falta pájaros (2016), Nos ha crecido hierba (2018) y El nombre del Alba (Nueva York Poetry Press, 2019). Consta en la antología Seis poetas ecuatorianos (Editorial Caletita), publicada en México; y en la Antología de Poesía Española Contemporánea Y lo demás es Silencio Vol. II, publicada en Madrid, en el 2016. Está incluido en la selección de poetas ecuatorianos «Voices form the center of the world» realizada y traducida por la poeta Margaret Randall. Trabaja como editor en la editorial ecuatoriana El Ángel y es Coordinador del Encuentro internacional de poetas en Ecuador «Poesía en Paralelo Cero».

La llegada 

La noche es un mendigo en todas las puertas

de este pueblo. 

Espía desde su sitio a los niños 

que persiguen navíos imaginarios en las acequias 

y hojas muertas 

entre las piernas erguidas de sus madres. 

 

La noche siente la impaciencia de las moscas 

que buscan la tibieza en las estatuas, 

en los excrementos de las palomas.

Igual que una gata en celo 

la noche aguarda en los límites 

de los lotes baldíos, 

se endurece entre el humo de los autos

de pie a los límites de los jardines. 

Aguardando paciente, 

la noche siente el trémulo aire de los paraguas

que se abren y chocan en puentes estrechos 

donde un hombre y una mujer

se ven obligados a desearse las buenas tardes. 

 

La noche aguarda

hasta que las tejas exhalen su aliento de óxido, 

hasta que los hombres con su olor a cebada 

y la miel de ayer en los dientes

se tomen los semáforos, 

hasta que el ciego acerque su oreja a la pared

para escuchar los pasos de la vecina

que regresa de la bañera

y pueda mirarla aunque nunca haya mirado la luz. 

 

La noche no ingresa en nuestras casas

si aquella mujer no ha pedido perdón

a la virgen que la mira

con su frente agujereada por las polillas. No vendrá

hasta que los albañiles hayan dejado 

su reino de cemento 

y se hayan marchado con sus ropas limpias

y su colonia de alcohol y anís y tabaco. 

La noche no pude avanzar 

si la calle no es un país de puertas clausuradas

y en los lagos siguen las ropas

limpiándose el sudor contra los juncos. 

 

No se atreve a entrar la noche 

si alguien ha muerto

o si un grillo no está instalado en su refugio.

La vemos recostarse a esperar

en nuestros pórticos 

y el recuerdo revolotea

como una mariposa oscura en nuestro cráneo. 

 

Nos acomodamos 

en el pedazo de intemperie que nos toca.

 

Solo cuando escucha el rumor

de las cosas 

recostadas en su sitio, 

la noche se pone de pie 

y anda, feliz y paciente, 

las largas veredas de mi pueblo.